Por: Víctor 'McCoy' Galván J.
Hay personas que, sin ser de tu grupo primario, te cambian la vida. Y a veces lo hacen con acciones que podrían parecer pequeñas o insignificantes, pero que se transforman en lo más hermoso que hayas tenido.
Hace unos 10 años le comenté a un compañero de trabajo que estaba buscando a una perrita para adoptar, para que fuera compañera-hermana de Blackie, quien pasaba muchos días sola, debido a mis viajes de trabajo.
Yo sabía que su entonces novia rescataba perritos de la calle -lo que me parece hermoso- y que pronto me daría una opción. Así fue. Un día me dijo: "ya tenemos hermana para Blackie, pero la veterinaria nos prohíbe dartela ahora, porque está en tratamiento y puede contagiarla, así que hay que esperar un poco".
Al día siguiente me enseñó un video de la perrita, acostada y solo moviendo la cola. Sin pelo, con heridas visibles y la cara inflamada por la sarna. De no ser por el ágil movimiento de la cola, pensaría que estaba muerta. Pocas veces había visto un perro tan feo, pero la amé de inmediato.
No había día en el cual no preguntara por ella, y él calmaba mis ansias mandándome videos de la mejora de la perrita, a quien llamaban "Sombrita".
Finalmente un día recibí la llamada: "La veterinaria dice que ya no puede contagiar a Blackie, pero tienes que bañarla cada tercer día". Me atacó una idea terrible: ver si Blackie la aceptaba, y dependiendo de ello, se quedaría en casa o no.
Blackie y mi entonces novia subieron al Merlot, y fuimos por los rumbos del autódromo a conocer a la pequeña.
Ahí estaba, dando vueltas alrededor de mi amigo y su novia. Una vitalidad increíble para un ser que había sufrido golpes, patadas y desamor. Un ser que estuvo ante lo más oscuro de la humanidad, y a pesar de eso, sonreía. Era hermosa.
Blackie la olfateó y no pareció emocionarse, y eso fue precisamente lo que me hizo quererla más. Subimos al auto y la perrita no escondía su emoción por estar con su nueva familia.
Al llegar a casa la decisión estaba tomada, no me importaría si a Blackie no le gustaba, la perrita se quedaba. La cargué, la puse frente a mí y me perdí en el marrón de sus ojos. "No puedes llamarte 'Sombrita', vamos a buscarte nombre". Así empezó un recital de nombres, hasta que, finalmente, respondió a uno: Regina, y sí, ella era una reina.
Pasaron los días, semanas y meses, y Regina mejoraba, le nacía nuevo pelo y ganaba peso. Con amor, se ganó su lugar. Su vitalidad inundó la casa y aunque Blackie se hacía ajena, poco a poco le enseñaba las rutinas, donde podía subirse, donde comer y a salir de la casa para hacer del baño. Se convirtió en una mentora, una hermana mayor, que no era cariñosa, pero la protegía.
Regina me regaló alegría, bailes y amor, al darme su propia vida. Ahí estuvo cuando nos encerramos por la pandemia, aguantó mis desamores y siempre tuvo un lengüetazo a tiempo. A pesar de recibir los peores tratos de la humanidad, ahí estaba, amándome.
Junto con Blackie me salvó, me reconstruyeron y dieron motivo a mi vida. Con el pasar del tiempo, volví a enamorarme, me casé y llegaron más personajes a casa. Regina les dio su amor, como si se trataran de mí.
En el camino conocimos a una docena de médicos, cada uno descubría una nueva enfermedad en ella. Los días en la calle le pasaban facturas todo el tiempo. Tratamientos, medicinas, rutinas, y ella siempre con ánimo y una cola que demostraba su felicidad.
La alarma no era para despertarme, sino para un medicamento con el cual logramos frenar el deterioro de sus males. Tuvo días muy malos, pero siempre se recuperaba y regresaba con más lengüetazos y amor.
Era mi compañera de siestas, de tardes de películas y una escucha perfecta.
Han pasado 10 años desde entonces, y me enfrento a un vacío jamás experimentado. Las enfermedades de Regina se confabularon en su contra y la atacaron al mismo tiempo. Batallamos con amor, pero fue momento de despedirnos. Mi madre y yo acompañamos a la 'patas cortas' en sus últimos alientos. Le contamos lo que ella ya sabía, pero que era necesario que se llevara a la eternidad: que nos cambió la vida... que nos mejoró la vida. Que su presencia en este plano nos hizo reconfirmar que el amor existe y que siempre se quedará en nuestro corazón.
Nunca sabremos sobre sus primeros años. Nunca sabremos esa parte de la historia, es algo que se guardó y enterró, para que no le estorbara en su nueva vida. Algo que soltó y lo cual respeto, pues Regina nació ese día que unos brazos la levantaron del suelo, para iniciar su evolución.
Este ha sido el adiós más doloroso que he vivido, y sé que su vacío estará por siempre, pero también sé que sin ella, jamás hubiera llegado a este punto, y esa será la grandeza eterna de mi chaparra.
Regina subió de nivel un viernes, pero su amor se queda en Raya, a quien adoptó, enseñó y amó. En Blackie, a quien logró sacarle un par de juegos y le hizo entender que somos mucho más que dos. En Adriana, a quien enseñó a amar a los perros. En Camilo, a quien le dio ternura. En Juanela, a quien enamoró al verla. En todos a quienes conoció y logró sacarles una sonrisa, pero sobretodo en mí, a quien aceptó, rescató, adoptó y dio vida, entregándome la suya.
































